
Nació en Xaghra, una aldea de la isla menor, pobre y despoblada. Recorría los pueblos míseros actuando a cambio de muy poco.
Su talento inverosímil hacía creer a los aldeanos que los muñecos tenían vida propia y que saldrían andando una vez terminaran la actuación.
De espíritu solitario y proclive a la melancolía, nunca sonreía y podía pasar semanas sumido en un silencio impenetrable.
Pero delante del público se transformaba: las palabras fluían bellas y precisas en su dialecto maltés, ejerciendo un poder hipnótico, flotante. Las voces y las miradas de sus criaturas, perturbaban las conciencias de la gente para siempre y alteraban el sueño durante semanas.
Al poco tiempo su mundo empequeñeció y no tuvo más remedio que emigrar a otra tierra y lo que es aún peor, a otras lenguas.

Pero era incapaz de inculcar a sus muñecos otro idioma que no fuera el suyo y en tierra extranjera las marionetas dejaron de hablar. Se convirtió así en el único ventrílocuo mudo del mundo: sólo emitían sonidos guturales que inquietaban al público y a las autoridades. Al final de su número la gente ni siquiera aplaudía, salían de la sala estupefactos entre murmullos de incredulidad; pero los teatros se llenaban a diario.
En uno de esos lugares remotos, lo vio Jean Babtiste La Margue, representante de fenómenos y descubridor de Le Petomane. Lo llevó a París, y allí triunfó al lado del marsellés flatulento.

En París hacía doble función con Le Petomane, incluso idearon un número juntos pero el dramatismo de las criaturas de mi bisabuelo contrastaba con las flatulencias hilarantes del francés.
Abandonó éxito y fortuna porque no podía soportar la añoranza del mar y de su luz irrepetible.
Lo mató el Gran Terremoto de 1908 en el estrecho de Messina, intentando regresar a su isla.