
Últimamente escribo demasiadas cosas negativas, ay. Me ha dado por compartir con ustedes mis angustias y sinsabores: mi desazón, mi congoja y mi pesadumbre, en fin, mi desabrimiento general que no es poco. He vagado por ciénagas y pantanales, huyendo de ex-maridos de ex-amigas furiosos y furiosas; he dormido en pensiones luctuosas, en apartamentos con muebles de metacrilato y no he sido capaz de escribir ni un solo poema sinfónico de esos que tanta fama me dieron en su momento. Ay.
Pero todo va a cambiar, se va a producir un giro de 180 grados a la sombra.
No es que ahora me guste Sabina –eso ni muerto–, ni que me haya comprado unas crocs turquesas; ni que ahora me interese la alta peluquería o la moda juvenil.
¡No! ¡Me he apuntado a un curso de Buenrollismo por internet!Gracias a este milagroso medio, he conocido a
un maestro, a un verdadero guía espiritual. Estoy en sus manos y por fin la luz se asoma entre las rendijas de la inquina.
Me va a cobrar una pasta (8.700 Bolívares que le pagaré en mensualidades durante tres años). ¿Pero qué es el dinero cuando está en juego mi felicidad? ¿Qué es el dinero cuando está en mis manos dejar de contagiarles tanto desasosiego? El dinero, mis queridos y queridas lectores y lectoras no es nada: una quimera, humo, caca de perro.
Quería ilustrar esta entrada con fotografías idílicas, elegíacas, pastoriles: fotografías de cachorros de esnauser miniatura o de corderos pastando en primavera o de un gatito con mirada de persona. Pero no puedo. No soy capaz todavía. Les pido paciencia y comprensión, sólo estoy en la primera semana del cursillo. Todo se andará.
Les pongo el retrato de un amigo. La amistad es de las cosas con más buenrollismo del mundo aparte del amor, claro. ¡Ah la amistad! ¡Ah el amor! qué hermosas palabras. Cuántos temas y/o asuntos se me están ocurriendo para escribir en este blog: así de golpe y porrazo unos siete por lo menos. ¿Será que el cursillo me está empezando a hacer efecto?
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