Lara Landrú, la perrilla de mi madre, parece una enorme morcilla con los ojos desorbitados. Yo le tengo cariño aunque sea obesa mórbida; es lo mismo que me pasa con mis tietas pero ellas no parecen morcillas con los ojillos inyectados en sangre.
El perro que recuerdo con más cariño es Pirri. Pirri era pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón y también un poco mariquita. Era la inseparable mascota de una tía mía que falleció de unas fiebres tercianas en el 74. Pero a lo que iba, que me pierdo: anoche les contaba a mis tietas un documental de esos en que un antropólogo tiene que beberse a la fuerza la pócima que ha regurgitado la abuela desdentada india yurimagua. Y mientras les contaba la cara de "quién me ha mandado a mi venirme al Amazonas" que ponía el antropólogo, me acordé de que antiguamente las brujas que consumían
Amanita muscaria, para no tener que pasar todas por los vómitos y diarreas que preceden a la fase alucinatoria, elegían a una para que se tragase las setas y pasara el mal rollo mientras las demás se le bebían los orines que contenían exclusivamente las propiedades triperas. Estaba con mis tietas conversando sobre tan amenos asuntos "que si la saliva de la abuela seguro que hace espumilla"; "que si eres un asqueroso, sobrino"; "que si yo el pipí no lo cato ni servido en en copa de plata"… cuando una de ellas me espetó que los orines sí los había probado. Me caí de la silla. Después del susto me contó que de pequeña tenía que vaciar a diario las bacinillas de sus siete hermanos y que una mañana fría de invierno tropezó por las escaleras y se tiró el contenido de una por la cara. "Bebí, te juro que bebí", me dijo; "yo prefiero la pócima de la abuela aunque tenga espumilla", añadió.
A mí si me dan a elegir no sabría decirles.
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