Historia del perrero que había leído a Bierce.Una perrera municipal

es un bien para la comunidad ¿qué hacer sino con las mascotas descarriadas? Abandonarlas es comprensible; es un acto indisoluble a la condición humana. Los cachorros son bonitos y cariñosos pero cuando crecen... ay cuando crecen se vuelven feos, contestones y aburridos. Además lo ponen todo perdido de pipí y de popó.
Así pensaba el bueno de Coll Cunill cuando montó el negocio de la perrera municipal. Consiguió un excelente contrato del ayuntamiento y dedicó todos sus esfuerzos a cazar perros extraviados.
Al principio exponía a los animales y daba voces para que los adoptaran pero las personas de bien no queremos animales descastados. Así que compró un horno de gran capacidad y empezó a eutanasiar a mansalva. Qué hermoso verbo eutanasiar. Qué hermosa palabra mansalva.
Pero el trabajo monótono no está hecho para las mentes luminosas y Coll Cunill empezó a aburrirse de tanta eutanasia perruna.
Hasta que un Domingo de Gloria leyó un cuento sobre un tipo que hacía aceite de perro y se le iluminaron las ideas. La pena es que el libro no explicaba cómo ni con qué, pero no se dio por vencido. Ni las quejas del vecindario por la pestilencia; ni las inspecciones de las autoridades que empezaban a sospechar, frenaron su ímpetu creativo.
Prensó, chafó, trepanó, exprimió, destiló, lobotomizó, volvió a prensar, tamizó, trinchó y prensó una vez más hasta que quedó un ungüento parduzco pegado en el fondo del caldero.
No consiguió hacer el aceite de perro como en el cuento, ni su mujer mataba niños, ni se hizo rico, ni se arruinó, ni tuvo un hijo desagradecido.
Los desalmados ediles revocaron su contrato y Coll Cunill acabó dedicándose al diseño de campos de golf.
Esta es una historia verídica y como prueba, tengo una muestra de la pasta pestilente.
A lo mejor sirve como crecepelo. Tendré que probar.
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