
Hoy hace cuarenta años que hice la primera comunión y lo voy a festejar con una docena de albóndigas del Ikea con sus salsa y su mermelada y su cocacola de lata ¿no festeja el Barça su centenario? pues eso.
Ay qué recuerdos, qué día tan bonito: el padre Emiliano con su calva brillante tan parecida a la mía de ahora mismo; el padre Francisco José con la sotana blanca y los sobacos multicolores por el destiñe del sudor de las distintas camisas que se ponía debajo; los granos de López de Ybar y su pelusilla en el bigote cual sombra de acacia. A mí los curas me querían mucho porque mi familia tenía una pista de tenis en la casa de veraneo. Pero un día mis padres invitaron al padre Francisco José a pasar el sábado y a jugar un partidillo y ahí se acabó todo el cariño. Un amigo de mi padre puso un ladrillo en la bolsa de deporte del padre Francisco José y cuentan que cuando la levantó, no dijo ni mu y disimuló como un penitente. Cuentan también que ese amigo de mi padre estuvo intentando convencerle para ir de putas durante todo el viaje de regreso a Barcelona y cuentan además, que le pusieron en la bolsa unas bragas usadas pero eso yo ya no me lo creo.
Qué familia más mala he tenido, Dios, qué salvajes; aunque también me contaron que en una de las cenas anuales para progenitores que montaban en en el cole, al balancearse sobre su silla, mi madre vio sin querer al padre Francisco José en la cocina, dándose un filete apasionado con la madre de López de Ybar. Ay sí, qué día tan feliz el de mi primera comunión. Me regalaron ocho plumas estilográficas, tres crucifijos de plata clavadas en un pedrusco y un catecismo con las tapas nacaradas: los top ten de los regalos de primera comunión sesentera. Recuerdo aquella mañana soleada de Corpus Cristi y cómo en la puerta de la iglesia, una monja preguntaba los apellidos a las familias que íbamos entrando. Era una monja porque la primera comunión la hicimos en otro colegio –de monjas– más grande y más vistoso que el nuestro. Cuando nos tocó el turno a nosotros, mi madre dijo “Buendía” y la monja contestó “buenos días”.
Dos años más tarde mi madre se encontró con la madre de López de Ybar llevando un cochecito con una criatura dentro y le espetó “Ay, tiene los mismos ojos que el padre Francisco José”.
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