dimarts, 16 de desembre de 2008

El hipnotizador de viudas


Goldinni se ganó la vida con el engaño de la hipnosis aunque era incapaz de hipnotizar a una gallina. Embaucador, bien parecido, de naturaleza simpática e irresistible, impresionaba al público con muecas siniestras y una voz de barítono que espantaba a las criaturas. Usaba compinches para los trucos y aprovechó su mirada de prestidigitador para seducir a casadas y solteras.
Las hermanas siamesas –las medium adheridas–, desde el escenario y con los ojos vendados, adivinaban los objetos que él tomaba entre el público. Se servían de un código burdo aunque ingenioso para el amaño: – A buen "encendedor" pocas palabras.– Decía Goldinni sosteniendo un mechero con la izquierda. –¡Encendedor! ¡Encendedor!– Contestaban ellas al unísono.
A ustedes me enComiendo ¿Qué está haciendo el reverendo?
¡COMIENDO MANÍ! ¡COMIENDO MANÍ!– Replicaban las gemelas arrancando aplausos entusiastas.
Completaba el espectáculo con el manido truco de la levitación y vaticinaba la fecha de la muerte de quien se lo pedía, bajo la luz tenue de centenares de lamparas de aceite.

Daba tusa a las siamesas que por las noches creía hipnotizar de verdad, tales eran los alaridos de una, y el estado de trance en que se sumía la otra. Era odiado por los maridos del mundo en general y del circo ambulante en particular. Más de una vez tuvieron que huir, perdiendo funciones contratadas, por los devaneos con la mujer del notable local.

Conoció a la falsa húngara a finales de aquel siglo prodigioso. Y como no podía ser de otra manera, fue su perdición.

(Lo de las viudas, las condecoraciones, las gafas raras y el porqué de su perdición, lo contaré otro día)

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Gilda



Gilda Manso, el Arcángel Mirón, por fin publica su primer libro.
Estoy contento porque es una maravilla, porque se lo merece y porque es mi amiga.
Podéis descargarlo aquí. Vale la pena.

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dimecres, 10 de desembre de 2008

Sostiene La Desanchá


No somos ella y yo mientras me contaba la historia.


Los dos Pérez

Hubo hace mucho tiempo dos Pérez desalmados cuyas fechorías no conocía hasta que mi amiga La Desanchá me las contó.

Sostiene La Desanchá que el primer Pérez fue el Malo, aunque más que malo era tonto, o quizá lo eran la mayoría de sus coetáneos al tratar asuntos de matrimonio. Tuvo ese Pérez tres hijas a las que no permitió casar sin dote para no mancillar tan ilustre apellido. No se le ocurrió otra cosa que meterlas a monja y para que no lo pusieran a caer de un burro y negarles además el consuelo de la compañía, en conventos distintos. La menor de las tres le suplicó que no la enclaustrara, qué nunca tomaría esposo. Sostiene La Desanchá que Tontopérez metió a la niña en el convento hasta que se tiró de la torre.
Pérez el Malo tuvo un hijo varón que sí se casó, prosperó, y tuvo descendencia.

El segundo Pérez fue El Cojo, nunca se supo de que pierna cojeaba (aunque Ingles Entumecidas diría que de la de “enmedio”). Deberían haberlo metido en la cárcel por canalla. Pérez el Cojo, digno descendiente del Malo, era un rico hacendado que se beneficiaba a las criadas un día sí y el otro también. Hasta ahí todo normal. Pero ¿Qué hacía nuestro Pérez cuando las preñaba? pues las mantenía en su casa durante el embarazo y la cuarentena y después les daba puerta con la conciencia limpia y reluciente como una calva al sol.
Pero Pérez tenía una hermana de buen corazón que apuntó sus nombres y direcciones con letra apretada en una libreta de tapas blandas. Sostiene La Desanchá que cuando heredó la fortuna del hermano, repartió las tierras entre los cuarenta bastardos para alegría de sus descendientes.

Nadie sabe qué fue del cuadernillo. La libreta que demuestra el origen bastardo de muchas familias ilustres. Familias cuyo abolengo, desde los tiempos remotos del primer Pérez, han cuidado con fervor.

Como tiene que ser.

Lo cuento de memoria y con torpeza, empobreciendo la vieja historia que me contó una tarde, no hace mucho.

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dimecres, 3 de desembre de 2008

Le fideo (poema)



El fideo ondula en la sopa y rebosa la cuchara.
Es hermoso en su ínfima existencia de gusano comestible.
Tiene la figura breve y una ductilidad que lo hace inaprensible,
escurridizo.
Seco, en el fondo del cacharro,
se resiste y destroza manicuras.
Sólo cuando pende entre los pelos de una barba,
es feliz en su pringue endurecido por la brisa.


dimarts, 2 de desembre de 2008

El desapego más grande (Josefa und Rosa Blazek mit Franzel)


El barbero de Ljubljana que era coleccionista de muelas, fue incapaz de arreglar el desapego de Franzel Blazek, el niño más triste del mundo. Una tristeza lejana, motivada por el amor delirante que sentía por sus hermanas siamesas. Constantemente en sus brazos, agarrado a ellas con desesperanza, cuando alguien intentaba separarlo, profería unos gritos sobrenaturales que le dejaron un defecto en el habla para siempre. Qué protectoras eran sus caricias a cuatro manos; qué dulce el rastro de naftalina de los vestidos y el aroma acre de sus cabellos. En escena las presentaban como fenómenos de la naturaleza pero por su comportamiento desenvuelto y por su encanto, se ganaban el favor del público rendido. Pero Franzel quería más y más, y no soportaba las ausencias obligadas. Se sentía abandonado y se sumía en un abatimiento descorazonador: no comía, no hablaba, no vivía. Empezó a preocupar seriamente a su única familia: las dos hermanas y el hipnotizador que las quería como un padre pero usando el artificio de su don, abusaba de ellas como un tío. A veces hipnotizaba a la hermana equivocada, pero la mancillada, callaba con pecaminoso disimulo.

Desesperados por las recaídas del niño Franzel, aprovecharon la visita del barbero cirujano que había acudido a extirpar los forúnculos que atormentaban al ínclito pariente, para pedir ayuda y consejo. El coleccionista de muelas les habló entonces de un famoso médico vienés, hacedor de documentados milagros que sólo los siglos venideros apenas se atrevieron a soñar.

Vendieron todo lo que no podían llevarse y dejaron atrás el circo, su hogar, donde muchos años antes fueron abandonados, y emprendieron el viaje a la esperanza y al sueño.

Les ahorraré el relato de las calamidades que afligieron a la unida familia durante el lance por una Europa devastada. Pero al fin, un martes por la tarde llegaron a la ciudad más hermosa del mundo, Viena. El afamado médico los esperaba, avisado por las pertinentes cartas de recomendación que el hipnotizador había falsificado y sin demora, se puso manos a la obra.

Después de una intervención que duró treinta y dos horas, utilizando todos sus conocimientos científicos aprendidos y también los inventados, consiguió embutir al pequeño Franzel entre las caderas de las dos hermanas. Fue un prodigio nunca visto y sólo la embarazosa obesidad que Franzel adquirió con los años y los inconvenientes fruto de la incomprensión en los retretes públicos, consiguieron empañar.


La imagen y la idea del relato me la dio Nootka. Me pensaré si se lo dedico o no.
Ya lo he pensado y se lo dedico 5 minutos

dilluns, 1 de desembre de 2008

La cháchara dispersa

Foto hecha con el telefonilo que no da para más.

Al torcer a la derecha, el bullicio de la calle principal con sus comercios de luces frías, se desvanece. Bastan unos pasos para meterse en esa otra ciudad oscura que no lúgubre, con las paredes desconchadas y las cagadas de perro. Ahí no queda rastro de la navidad, sólo la cháchara dispersa y las persianas pintarrajeadas. Es como darle la vuelta a una chaqueta y que aparezcan las texturas adecuadas en el aire meridional de la ciudad canalla. He visto unos sujetadores y unas bragas diminutas entre la ropa tendida; he visto un rufián y una puta y sonrisas y un viejo y un niño; he visto a la mujer del restaurante chino cuidando la pecera, ajena al murmullo y a la compra compulsiva.