
Goldinni se ganó la vida con el engaño de la hipnosis aunque era incapaz de hipnotizar a una gallina. Embaucador, bien parecido, de naturaleza simpática e irresistible, impresionaba al público con muecas siniestras y una voz de barítono que espantaba a las criaturas. Usaba compinches para los trucos y aprovechó su mirada de prestidigitador para seducir a casadas y solteras.
Las hermanas siamesas –las medium adheridas–, desde el escenario y con los ojos vendados, adivinaban los objetos que él tomaba entre el público. Se servían de un código burdo aunque ingenioso para el amaño: – A buen "encendedor" pocas palabras.– Decía Goldinni sosteniendo un mechero con la izquierda. –¡Encendedor! ¡Encendedor!– Contestaban ellas al unísono.
– A ustedes me enComiendo ¿Qué está haciendo el reverendo?
–¡COMIENDO MANÍ! ¡COMIENDO MANÍ!– Replicaban las gemelas arrancando aplausos entusiastas.
Completaba el espectáculo con el manido truco de la levitación y vaticinaba la fecha de la muerte de quien se lo pedía, bajo la luz tenue de centenares de lamparas de aceite.
Daba tusa a las siamesas que por las noches creía hipnotizar de verdad, tales eran los alaridos de una, y el estado de trance en que se sumía la otra. Era odiado por los maridos del mundo en general y del circo ambulante en particular. Más de una vez tuvieron que huir, perdiendo funciones contratadas, por los devaneos con la mujer del notable local.
Conoció a la falsa húngara a finales de aquel siglo prodigioso. Y como no podía ser de otra manera, fue su perdición.
(Lo de las viudas, las condecoraciones, las gafas raras y el porqué de su perdición, lo contaré otro día)
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