
Simeona Llopart se casó por despecho con un gandul.
Hija única de una familia que había hecho fortuna con negocios de negrero, recibió una educación beata –rosario por la tarde y lecturas de la Biblia después de cenar: relatos tremendos con ángeles codiciados por turbas sodomitas y ciudades arrasadas por la ira del demiurgo. Historias que avivaban sus terrores y moldearon poco a poco un carácter fuerte pero propenso a la ensoñación.
Dedicó su juventud a leer hagiografías de santos descuartizados y mártires asados al espetón. Pero fueron las vicisitudes bíblico-babilónicas las que llenaron su imaginación de personajes delirantes; y Nabucodonosor, el destructor de la bella Nínive, el hacedor de jardines colgantes, fue su favorito. Sus conquistas y fechorías no eran nada comparable con la secreta inquietud que le causaba la grandeza de un torso desnudo esquivando saetas enemigas.
Simeona amaba la rutina y despreciaba a los pretendientes con desaires irreparables. Nabopolasar derrotando a Necao y conquistando Siria; reyes de barbas trenzadas y atributos de toro: éso eran hombres y no los miriñaques de bigotillo grasiento que la pretendían.
Hasta que apareció el agrimensor.
Llopart padre había contratado a aquel joven de manos ásperas para acotar unas tierras en disputa y al verla, le regaló una sonrisa que le paralizó el cuerpo y le achicó las entrañas para siempre. La cortejó con torpeza y modales de menestral; con caricias robadas por unas manos de papel de lija que le hacían perder la razón.
Al enterarse el descendiente de negreros, despachó al agrimensor con un fajo de billetes de banco en el primer barco que zarpara a la Argentina.
Simeona gritó e insultó y profirió blasfemias de tabernero nunca oídas en aquel hogar piadoso hasta que en el alma no le quedó más que odio. Y con ese odio bíblico aceptó casarse con el gandul: un homúnculo despreciable y advenedizo. Pronto los disparatados proyectos del marido arruinaron una fortuna de generaciones y al año y medio la abandonó embrutecida por el sobrepeso y el abuso de coñá a granel.
Se dejaba manosear por cualquiera que le brindase un poco de ternura y escuchase sus historias de reyes con trenzas que nadie creía.
Los niños, con su natural maldad, le retiraron el “Si” del nombre y le espetaban:
“Meona”
“Meona”
"Nabucodonosora la meona"
“Meona la Follipronta”
y le tiraban inmundicias mientras ella cubriéndose el rostro balbuceaba:
“Conquistó Judá y quemó Jerusalén”
“Conquistó Judá y quemó Jerusalén”
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