
El tendero Liebermann vendía legumbres y salami Kosher hasta que inventó la máquina de insultar.
La buena gente de Leipzig hacía cola por la mañana con la lista de palabras malsonantes apuntadas en tarjetas amarillas. Así se ahorraban ensuciar sus bocas con increpaciones y no pocos enfrentamientos con los ultrajados.
En la máquina cabían improperios y denuestos pero también palabras feas como obsoleto o paellera. Cuando Helmut Liebermann activaba el mecanismo, la retahíla de injurias y vituperios llegaba a sus destinatarios puntualmente y además, precursora, almacenaba las palabras más feas no para que se guardaran, sino para que la gente las olvidara para siempre.
Nunca cobró un solo Schilling por su trabajo. Le pagaban en especies y en instrumentos musicales: pianos, un fliscorno, una tuba, un clarinete bajo y hasta unas maracas de carey. La máquina fue uno de los grandes inventos de aquel siglo prodigioso y sólo la llegada de la electricidad que trajo nuevas guisas a la costumbre de calumniar, consiguió que todos la olvidaran.
Una pena.
Eso creo.
Si alguna palabra considera que es especialmente odiosa, por favor, no se corte, dígamela.
Dedicado a la peor de las personas, por supuesto.