
Al atardecer las piedras de los muros crepitan con un colc cloc de osario. Es un lugar que huele a arcilla seca, a zarzas, a higueras sedientas y a zumbidos. Sólo el acebuche con sus manos de viejo, retorcido por el dolor del tiempo, resiste impávido a la maravilla.
De noche, ese viejo olivo estéril recorta el cielo, y entonces, la muchedumbre no es más que una pesadilla ajena mientras contenemos el aliento. Cloc cloc cloc.