
El limonar cae por la pendiente hasta que el acantilado lo recorta con el vértigo. Imagino su perfume en primavera. La tierra negra de la cala –escasa, diminuta– se quiebra de golpe por culpa de un turquesa que no debería estar ahí. Detrás de la última curva aparece por fin el ocre y la sanguina de Amalfi y el destello de la cúpula dorada como un insulto a ese gris tan bello que lo contiene todo. Y yo, hechizado, le doy la espalda al mundo y siento un arrebato con la luz ¡tan blanca! que surca el plomo con descaro.
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