
El paramecio cae por su propio peso entre el espeso caldo primordial.
Ajeno al mundo sopesa los problemas con su visión con forma de zapato.
Si fuese un trapezoide reiría más, pero no puede. Y desde su óvalo sinuoso, soporta la condena de no catar el sexo.
El paramecio cae y maldice y asombra a la ameba; esa protista absurda que devora cerebros harta de viajar entre intestinos: la misma que prefiere la exactitud del péndulo a la anarquía del fractal.
Pobrecilla, parece un escupitajo.
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